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Relatos TL2009 |
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ACTO I
Hablan en él las personas siguientes:
Amanecer. Campamento de Alfonso el Batallador, sobre una colina a las puertas de la ciudad sarracena de Fraga. Ante ellas, los infantes aragoneses toman posiciones en formación. Ruido de caballería ultimando los preparativos para la batalla. Entran Alfonso, rey de Aragón y Ramiro, ajustando la armadura de éste.
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ACTO II
Hablan en él las personas siguientes:
Explanada frente las puertas de la ciudad sarracena de Fraga. Amanece mientras las tropas cristianas de a pie toman posiciones en una doble línea, bloqueando la entrada a la villa. Entra Palmiro Conejera, un jóven recluta aragonés, recién salido de la granja, que sostiene una media pica sin demasiada convicción. A su lado toman posiciones Marcel, Climent y Estruch, mercenarios de considerable rodaje. Marcel inspecciona las murallas con gesto serio, mientras sus compañeros hacen tiempo (afilando el hacha el uno y rascándose la sarna el otro)
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ACTO III
Otoño de 1134. Fraga. Artau miraba atónito lo que estaba sucediendo. No daba crédito al giro trascendental de los acontecimientos. Desde la posición privilegiada que ocupaba, podía ver como las huestes del Rey de Aragón y sus aliados estaban siendo diezmados por las tropas de Zymbayr el Lantuni, generalísimo de los ejércitos de Córdoba. Era imposible, los aragoneses disponían de más hombres y mejor armamento, y además estaban descansados. No como las tropas de el Lantuni que habían recorrido media península, o las de sus aliados circunstanciales Yahya ibn Ganiya, de Balansíya, y Abd Al·làh ibn Iyad, de Lárida. El astuto Ibn Lup, Emir de Madina Afraga, había conseguido aguantar el largo asedio del Rey aragonés y los señores mercenarios catalanes y castellanos que se habían puesto a su servicio. Había resistido el tiempo suficiente para que sus súplicas fueran escuchadas por sus hermanos de fe. Artau aún recordaba el rostro contrito de rabia del vizconde de Cardona, Ramon Folc, cuando les acusaba de traidores, por ponerse al servicio de un soberano extranjero. -“Si la fortuna dispone que la empresa os salga mal me encargaré personalmente que os castiguen. A todos. Haré que la justicia del señor Conde os persiga hasta el fin del mundo por haber desamparado la frontera a cambio de un puñado de monedas”. Los demonios habían llegado con descaro, sin ningún subterfugio. Primero aparecieron por el este: la caballería de los valencianos y leridanos. Artau reconoció sus banderolas y estandartes entre las enseñas verdes, las manos de Fátima y otros muchos motivos. Los recordaba muy bien, cuando veinte años atrás en Martorell se habían humillado a los pies del viejo Conde de Barcelona. Con la sangre aún caliente de sus padres muertos en la batalla habían rogado piedad y se habían comprometido a bañarle en ríos de oro. Eran otros tiempos, ahora parecía que los moros ya no nos tenían miedo. Artau y sus hombres, por iniciativa propia, se habían alejado de la algarabía de tropas y máquinas de asedio que rodeban la ciudad, tomando posiciones para cuando empezara la batalla, junto a los bulliciosos y problemáticos hombres de Cerdanya que acompañaban al segundón de Pinós y las migradas milicias de Jaca. Al poco de aparecer los sarracenos en el horizonte, un griterío se alzaba entre las tropas: Una hueste mucho más nutrida que la caballería desplegada por el este se acercaba por los llanos al sur de la ciudad. Jaçpert de Pinós envió a su hermano, el Bastardo de Pinós, a hablar con los generales. Lo escucharon con educación, y le dieron algún que otro golpecito a la espalda. Pero el asalto a la ciudad prosiguió de espaldas al enemigo que se acercaba. Nadie les hizo caso, de manera que pudieron contemplar el inicio de la contienda desde su posición privilegiada. Con el sonido de las trompas Ibn Iyad, Emir de Lárida, cargó desde las colinas. De entre la maraña de huestes feudales desperdigadas a lo largo de las murallas de Medina Afraga apareció la respuesta. Un millar de caballeros se reunieron entorno a los estandartes reales y tras ellos los lanceros de Huesca y la caballería del señor de Entença.
-“Estamos muy dispersos –comentó Artau nervioso- ¿porqué no los reúne el viejo? ¡Ni siquiera tiene preparada
la Mesnada Real!” Pero quizá era demasiado tarde. Inexplicablemente la carga leridana hendió la primera compañía de caballeros oscenses como si de un hachazo se tratara. Rugiendo tal un alud cruzó sus filas y con gran ímpetu arremetió contra los aterrados caballeros de Entença, desbaratándolos... Diablos vestidos de rojo y con turbante azul. Pocas veces se había visto semejante choque entre los ligeros jinetes del Islam y la potente caballería cristiana. Aunque tarde, el Batallador reaccionó desguarneciendo una sección entera de murallas. Entonces empezó el caos. De uno de los paños en los que proseguía el asalto empezó a llegar un gran estruendo y una turba de mujeres y niños surgieron por las torres y las almenas, ululando, gritando, y arrojando piedras, cazos y todo tipo de enseres a los asediantes. Para cuando los sorprendidos cristianos se habían puesto a salvo Artau oyó el grito del bastardo: -“¡Hijos de Puta! el campamento del sur, ¡alerta!” Por una puerta secundaria alejada del estruendo salían en desbandada cientos y cientos de hombres con espadas, hachas, horcas, cuchillos y todo tipo de armas en las manos, diezmando la retaguardia. Acorralados entre esta turba y la inminente carga de los leridanos, la infantería cristiana partía en desbandada. Libre ya su camino de enemigos, incluso mujeres y los niños salían a la carrera de la villa para saquear y destrozar el mayor campamento de los asediantes. Los de Cerdanya que lo vieron gruñeron como osos y no tardaron en salir al ataque sin que su señor hubiera mediado palabra. Triste figura la de Jaçpert y sus caballeros, siguiéndoles entre insultos e improperios Artau reunió a los suyos e intentó seguirlos (siempre quedaba la baza de la carga por el flanco), pero entre el bullicio –los hombres de Córdoba, espectros blancos con turbante negro, habían alcanzado la llanura desde poniente, cogiendo a unos cuantos destacamentos de espaldas- terminó sajando a menos de un centenar de pasos del propio Rey Batallador. Éste había reunido finalmente la Mesnada Real, los hijos de la más alta aristocracia aragonesa, y a la cabeza cargó contra la caballería leridana que amenazaba la infantería que guarnecía el acceso a las puertas. A pie de muralla Artau encontró el cuerpo inerte del monje que había prometido que Dios derrumbaría los muros, y pensó con gran culpa que el Demonio de los Musulmanes esta vez era más poderoso. En ese momento por su izquierda apareció un grupo de almorávides –hombres de negra tez, embuchados en telas aún más oscuras- quienes, mitad a caballo mitad a pie, se disponían a atacar aprovechando la elevación del terreno. La caballería pesada del Rey se lanzó a una carga desesperada pero fue destrozada completamente, sin poder apenas avanzar, por las oscuras artes de los moros. Antes de poder alcanzar a los de Lárida por el flanco derecho apareció de pronto la caballería valenciana con ibn Ganiya al frente, que dispersaron sin contemplaciones a los mercenarios castellanos de la primera línea y hendieron de pleno en las filas de la caballería aragonesa. Artau comenzó a bramar órdenes. Frente la caballería que le amenazaba apenas podían luchar. Parecía ridículo... ¡si los cristianos superaban en número en más de tres hombres por cada moro! El ataque avanzó como una marea implacable, la caballería sarracena cortando como un cuchillo las líneas defensivas del flanco. Y entre ellos los guerreros de negro eran terriblemente efectivos. Mortíferos. Y además no huían de la muerte, ni siquiera gritaban. Artau había perdido más hombres en esta embestida que en todas las batallas en las que había participado. -“Por un puñado de monedas” –recordó nuevamente al imponente vizconde Ramon Folc. Con la espada desenvainada montó y ordenó la carga cuesta arriba. Al fin y al cabo se trataba de ganar tiempo a la muerte. Gritos, llantos. Allí Dios no estaba con ellos. Bañado en sangre, persiguiendo a un enemigo cercano, no pudo más que lanzar una mirada de desesperación buscando al Rey Alfonso. Éste había sido descabalgado y estaba frente a frente con un enorme moro. A su alrededor la sangre más noble de Aragón regaba la llanura de Fraga, pues la Mesnada Real había sido prácticamente exterminada. Los soldados de a pie, en cambio, habían hecho un círculo en medio de la batalla. Dedujo que el gigante sería Zymbayr el Lantuni, el héroe moro que había derrotado a cientos de cristianos. Llevaban tiempo luchando, a tenor de las heridas que se habían hecho el uno al otro. Las espadas volaban en el aire, con unos estruendosos golpes. Fintas y paradas con el escudo. Saltos y ataques letales. Pero ninguno hería al otro. Ninguno quería ver a su reino morir. Y entonces fue cuando Alfonso el Batallador, aquel que no había perdido un combate en su vida, fue herido de muerte. Artau gimió de desesperación como si la herida hubiera estado en su pecho. En un breve instante pensó en su mujer y sus hijos. Y en su pueblo. -“... Haré que la justicia del señor Conde os persiga hasta el fin del mundo por haber desamparado la frontera...”. ¿Qué sería de él ahora que la cristiandad había perdido? ...demasiadas caras conocidas le contemplaban desde el suelo, con expresión incrédula, con la mirada vacía... ¿Qué sucedería con esta importantísima victoria del Islam? Se giró y vio demasiado tarde un oscuro sarraceno. Todo se volvió negro. Como el destino de su pueblo, de su gente. |
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Lejos de allí, en Villabajo...
David Shabtai estaba sumido en sus pensamientos mientras araba metódicamente el campo. Era un trabajo duro, pero le ayudaba a liberar la mente y dejar volar sus pensamientos. Después de tanto tropel le resultaba difícil sentarse a echar las cuentas y contar beneficios... Mientras subía y bajaba la azada, volvió a rememorar aquellos días en que su vida había dado un vuelco por completo. Aquella noche en que descubrieron aquella misteriosa cueva... Cuando el siniestro cirujano moro y su hueste de títeres se abalanzaron sobre el pueblo, blandiendo la espada más mortífera que hubiera visto nadie... y no era que David entendiera mucho de espadas, pero los caballeros le habían asegurado que ese arma debía de ser, cuanto menos, un instrumento infernal. Los caballeros... Hacía ya días que habían partido... ¿Habrían encontrado al tal Ramón de Penyafort ese que buscaban? ¡Qué tipos tan extraños! Otros fanáticos de su ralea ya le hubieran degollado por osar dirigirles la palabra... Aunque para extraños, los energúmenos aquellos que venían de Barcelona! Menudos energúmenos estrafalarios, con sus cachivaches, tubos y frascos, todo el día encerrados en su tienda... haciendo mejunjes aún más raros que los que preparaba su hermana Rut. Rut... La echaba en falta. Se había ido con ellos. Para aprender, había dicho. Aunque David siempre había sospechado que era una excusa para dejar el pueblo atrás. ¡Qué cosas! Villabajo se le había quedado pequeño a su hermanita. A pesar de la tristeza de perder a su hermana, David no podía evitar sonreírse pensando en todas las aventuras emocionantes que habían corrido esos días. La Hermandad estaría hablando de ellas durante décadas!! Ganas tenía ya de acabar la jornada e ir a tomarse una buena cerveza fría con sus amigos. No lejos, vio a Ramona cruzar el sendero con el cesto lleno de hierbas y flores. Sonriente, David la saludó con el sombrero de paja. Mas ella no le hizo el menor caso. Andaba rápido, con el semblante serio. Un escalofrío recorrió el espinazo del joven. No... Algo no iba bien. La herbolaria andaba erguida, algo inusual en ella, y en lugar de inspeccionar los matojos como tenía por costumbre traía la frente alta, oteando el horizonte. Lejos, al sur, una tenue columna de humo se alzaba tras las colinas. En el extremo del sembrado, un cuervo se posó súbitamente sobre la rama baja de un pino. Otro cuervo al lado. Y otro. David sacudió la cabeza. Memeces -pensó, volviéndose para empuñar de nuevo la azada. Otro cuervo, negro como el azabache, lo encaraba, a unos pocos pasos de distancia, en el surco que andaba cavando. Sus relucientes ojillos negros parecían talmente escrutarle el alma... Se sorprendió a si mismo conteniendo el aliente, inmóvil ante el pajarraco, intentando devolverle la mirada. -¡Bah!- y se dispuso a cavar de nuevo. Mas, al chocar contra el suelo, la azada emitió un sordo crujido. -¡La puta!- El mango se había resquebrajado completamente, de arriba a abajo. -¡¡¡Joder, joder, joder!!! Los cuervos echaron a volar, crascitando un sonido que recordaba una carcajada gutural. David les miró con odio... recogió su zurrón y el fardo, y se dirigió, gruñendo para sus adentros, hacia el pueblo. -A ver cuánto me quiere cobrar Roderic por arreglarme un mango de madera. Esperemos que no se haya dañado la parte metálica o no sé como podré pagar a Fabià.- Últimamente el herrero se superaba cada vez más a sí mismo y sus aperos estaban cogiendo renombre en toda la comarca. Eso estaba muy bien, ¡pero los precios del jodido tampoco habían parado de crecer! A pesar del sol precioso que había esa mañana, David sintió un escalofrío. -¡Namás me falta esto! No... si aún tendré que ir a ver a Hafsa... espero no caer enfermo con el montón de trabajo que tengo aún en el terruño... Decidiendo ir directamente a casa de Roderic, convenientemente emplazada tras la iglesia, junto al cementerio, David decidió atajar por el encinar. Apenas llevaba un par de minutos caminando cuando los vio... Eran tres. Moros. A caballo, pertrechados con armaduras ligeras, arcos y tremendos alfanjes. Avanzaban al paso, cautelosamente, aprovechando la cobertura de los árboles mientras escrutaban el terreno. Apenas se les veían los ojos, bajo unos abultados turbantes. Por puro instinto, el judío se arrojó de cabeza entre los matojos. Alertado por el ruido, uno de los guerreros desenvainó su arma con un funesto silbido, pero, tras unos segundos de tenso silencio, uno de sus compañeros murmuró una orden y los tres se pusieron de nuevo en marcha; sin hacerle el menor caso, sin mirar atrás... Aunque se había librado de una buena, no pudo evitar que se le encogiera el corazón... Esos tipos eran muy diferentes de los otros sarracenos que habían amenazado el pueblo hasta ahora. No sabía por qué. Eran... eran distintos. Parecían exploradores. Parecía... parecía que estuvieran reconociendo el terreno. Detrás de David, un cuervo negro se posó sobre un tocón medio podrido. Y David hubiera podido jurar que se estaba partiendo el culo de él. |
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Relato del soldado.
Recostado con la espada apoyada en la húmeda pared de roca, el viejo soldado dejaba escurrirse los segundos meciéndose a la deriva por sus recuerdos. Todo había sido tan rápido... Cómo puede, algo que has estado temiendo tantos y tantos años, cómo puede, llegado el día, ser tan... inesperado? Primero fue el humo... Pequeñas, ténues columnas de humo, diminutas en la lejanía. Primero una, al sur. Luego dos más, al sur y al oeste, recortándose nítidamente contra el almagro ocaso de septiembre. El viejo soldado soltó una cascada carcajada. Esperabamos el otoño... llegó el infierno. Al día siguiente, no había donde girarse que no se alzara, cerca o lejos, una siniestra humareda. Entonces empezaron a llegar los supervivientes. Buscando amparo, buscando justícia. Buscándole a él. En la mayoría de casos se trataba de familias enteras. Grupos exhaustos, cubiertos de polvo, huyendo con lo puesto. Otros, los menos, llegaban solos. Sin mirar atrás. Sin mirar a ninguna parte. Perdidos en Dios sabe qué pesadilla que sólo ellos veían, sin descanso, una y otra vez. Igual daba. La historia era siempre la misma: Enemigos, moros, compañías enteras, marchando hacia el norte. Deteniéndose únicamente para saquear, quemar y, allí donde se les ofreciera resistencia, matar sin compasión. El miedo se extendió por el pueblo como una plaga. Los aldeanos se amontonaban en la plaza, discutiendo, chillando, clamando a voces que el Concejo tomara una decisión: Debían huir? Defenderse? Pedir ayuda al noble Artau? Ja! Aquel concejo no era capaz de ponerse de acuerdo ni en la fecha de la próxima reunión. El enemigo tomó la decisión por ellos. Atardecía cuando un zagal llegó corriendo con la noticia de que se habían avistado jinetes llegando por el cerro. Segundos después, todo el pueblo se agolpaba en el huerto de la Ramona, desde donde se divisaba al enemigo. Jinetes, si. Dos docenas de ellos, con lanzas y cascos, recortándose sobre la colina. Dirigiéndose a Villarriba. En el pueblo vecino, un buen número de paisanos habían alzado barricadas en el camino. Aún desde aquella distancia se podían divisar la media docena de escudos de la guardia del pueblo. No pueden ganar... El viejo soldado recordaba la claridad que se había apoderado de él... Los viejos reflejos de tantas batallas volvían a él como si no hubieran estado media vida enterrados. No pueden ganar. Sin duda tienen que verlo... En la distancia, algunos aldeanos con arcos se habían encaramado a los techados de las casas. No lo hagáis... El enemigo, ya a doscientas varas de la barricada, se había detenido. Un único jinete se adelantaba, al paso. En Villabajo, la tensión se palpaba en el ambiente. Aquí y allá habían aparecido armas en las manos de los campesinos. Los moros del pueblo se habían ido apiñando entorno a Bilal, el imán, y formaban ahora un grupo compacto y sombrío, susurrando quedamente entre sí. Encabezando a un nutrido grupo de campesinos armados, Joan Albriu-Doménech discutía a gritos con Don Remigio, el cura. No vienen por vosotros... El viejo soldado presenciaba la escena como sumido en un trance. Los ruidos, las voces, todo cuanto le rodeaba parecía distante e irreal. Como un viejo relato junto al fuego. Cómo podían no verlo? No son bandidos! No vienen por vosotros! No quieren vuestro maldito pueblo! Y el relato, como tantas otras veces, avanzaba impasible hacia su desenlace. El jinete enemigo se había detenido frente a la barricada. Hacía sin duda sus demandas. Dádselo! Dádselo todo! Son caballería. No llevan carros. No vienen por vosotros... Súbitamente, como por arte de magia, el casco del emisario voló por los aires mientras el hombre echaba la cabeza atrás, golpeado por un puño invisible. Entre los espectadores, estúpidos, se alzó un rugido de aprobación. "Sin duda el hijo del Venancio", se congratulaban, "Ese chico es un monstruo con la honda!". Pero el viejo soldado sólo veía que el jinete no había caído. El caballo no se había desbocado. El hombre, que no había soltado la lanza, galopaba ya de vuelta hacia los suyos, la mano izquierda oprimiendo su frente. Por supuesto, no hubo carga. No hubo asalto a las ridículas barricadas, ni heroica defensa, ni sangriento combate. Únicamente una columna de jinetes que se dividía limpiamente en dos, fluyendo alrededor del pueblo. Segundos después, los tejados de Villarriba se colmaban de diminutas flores de fuego. Al ponerse el sol, Villarriba entera era ya una tea, entorno a la cuál danzaban, gráciles, los jinetes. De vez en cuando una figura trataba de alcanzar corriendo los bosques colindantes. De vez en cuando, una lo conseguía. En Villabajo, todo era silencio. Lentamente, las sombras de la noche engulleron el mundo. Sólo quedó Villarriba, ardiendo alegremente sobre su cerro. Continuará... |
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A la mañana siguiente, el mismo jinete bajaba por la colina en dirección al pueblo. A su espalda, los rescoldos de la que fuera Villarriba humeaban aún. Nadie le salió al paso. En la plaza, los miembros del Concejo le aguardaban inquietos. El emisario, la frente cubierta por una venda manchada de sangre seca, no se anduvo con rodeos: "Estas tierras y todo lo que contienen son ahora propiedad del honorable Sayyid Nabil! Nos daréis ahora alimentos para nosotros y para nuestras monturas. Nos daréis todos los caballos, que haya en el pueblo. Nos daréis las mulas y los asnos, con todas las provisiones, pieles y agua que puedan cargar. Tenéis hasta mediodía." Y se lo dimos, vaya si se lo dimos, recordó con amargura el viejo soldado, que llevaba aún clavadas en el alma las lágrimas del pobre Indalecio cuando lo separaban de su borrico. Pagamos, cogieron su recua y, sin una palabra más, partieron rumbo al norte. Hacia Calaf.
Soldados. Infantes esta vez. Diez o doce. No tan bien pertrechados, tal vez, polvorientos y con aspecto cansado, sí, pero con la misma, inconfundible mirada del que vive matando. Varios de ellos llevaban mugrientos vendajes encostrados de sangre seca. Venían flanqueando una improvisada camilla donde traían echado de costado a un pobre tipo hecho un guiñapo. Lentamente, marchaban por el pueblo, espiando con desconfianza al creciente grupo de aldeanos que, indecisos, les iban siguiendo a una cierta distancia. Fue entonces cuando llegaron ante la casa de los Albriu-Domènech. La mayor del pueblo. Uno de los soldados, un tipo de aspecto amargo, algo mayor que los demás, dio una breve orden con voz ronca por el cansancio. Al instante, varios de sus hombres se metieron en la casa. Se oyeron un par de portazos, un chillido y Neus, la sirvienta, salía corriendo aterrorizada, aún sosteniendo la gallina que había estado desplumando. Luego, entre un estruendo de platos rotos, los furiosos gritos de Carola, la espectacular esposa de Feliu Albriu-Domènech: "¡Cómo te atreves! ¡Quítame las sucias manos de encima, cerdo! ¡Suéltame! ¡¡Que me sueltes te digo!!" Momentos después, uno de los soldados salía de la casa, cargando al hombro a una sulfurada y pataleante Carola. La escena logró arrancar algunas risas de sus compañeros, e incluso un largo silbido cargado de intención. Esa fue la gota que colmó el vaso. El celoso Feliu, que hasta ese momento había observado impotente cómo invadían su casa, cargó hecho una furia de entre los espectadores: "¡Suelta a mi mujer, maldito moro!" exclamó, abalanzándose como un toro sobre el soldado. Con un ruido parecido al de un árbol al ser derribado, vinieron los tres al suelo, estrellándose contra la pila de cestos que estaba junto a la puerta. Desenvainando sus armas, los soldados avanzaron a ayudar a su compañero, que forcejeaba ahora en el suelo con un Feliu que, totalmente fuera de sí, trataba de estrangularle. "¡¡Hermano!!", rugió entonces Joan, apartando a manotazos, como si de juncos se tratara, a sus vecinos que trataban de sujetarle. Liberándose de ellos, Joan se lanzó sobre los sarracenos como un jabalí enfurecido, echando espuma por la boca y blandiendo su estupendo garrote... Dicen que llegó a dar dos pasos antes de apercibirse que se había empalado él mismo en una lanza. "¡Joan! ¡¡No!!", Feliu, viendo a su hermano caer lentamente de rodillas, aflojó su presa... Una punzada de dolor en el costado le devolvió, demasiado tarde, a la realidad. Bajo su axila izquierda sobresalía ahora un pequeño mango de hueso. Para el viejo soldado, todo esto había ocurrido en un suspiro. En apenas el tiempo que se tarda en pestañear. Y sin embargo, recordaba con toda claridad cómo Feliu había caído de bruces... lentamente. Como una hoja sostenida por el viento. Recordaba el chillido desgarrado de Carola, llegándole desde muy lejos. Recordaba a sus vecinos, sus miradas enloquecidas, buscando entorno a sí cualquier cosa que usar como arma... A los soldados, instintivamente cerrando filas. Cimitarras y escudos delante, lanzas por encima de sus hombros... El soldado de rostro amargo se aprestaba a gritar una orden... Miquela Fonollosa echaba ya el brazo atrás para arrojar la primera piedra... El puñetazo del viejo soldado resonó como el mazazo de un juez. Se hizo el silencio. Unos y otros le observaban ahora, atónitos. Con una última mirada incrédula, Miquela se derrumbó como un saco de melones. El primero en reaccionar fue Gerard Gacela, que se encontraba directamente frente a él. Con una mano aún a medio camino del carcaj, el joven dio voz al estupor de todo el pueblo: "¡¿Te has vuelto loco, alguacil?! ¿De qué lado estás?" Pero el viejo soldado ya había tomado su decisión. Su camino se abría ahora claro ante él: "¡Cierra el pico, Gacela! ¡Coge a Miguela y llévatela! ¡Deprisa! ¡Antes de que reaccionen! ¡Y los demás, largaos cagando leches a vuestras casas, me cago en la p..." Como previsto, súbitamente su cabeza pareció estallar y todo se volvió negro ante sus ojos. No se podía quejar. Los pobres sarracenos debían estar realmente exhaustos, o no hubiera llegado ni a la mitad de la segunda frase...
Y cuando le soltaran... ¡Cuando le soltaran iba a haber justicia! Oh sí...
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¡Mardita uveja de los cohones, ya se me ha vuerto a perdé! Como cada día, Grau contaba su pequeño rebaño mientras lo metía en el establo. Le faltaba una. Cada día la misma. Cada día la estúpida de la Romualda. Cerró el establo y partió en su búsqueda justo en el momento que Mansûr, el imam de los moros, gritaba en su asquerosa e indescriptible lengua lo que le habían enseñado que era el toque de queda: Estaba terminantemente prohibido salir del pueblo y se obligaba a todo el mundo a quedarse en él, bajo pena de castigo público. “¡A tomá p’ol culo!”, pensó. Les intentaban vender gato por liebre, diciéndoles que el toque de queda era una manera de proteger al pueblo y sus habitantes de pillos y saqueadores. Él sabía que esto no era así, que lo único que querían era tenerlos a todos vigilados y controlados. ¡Ningún moro le diría qué podía y qué no podía hacer! Así que hizo caso omiso al toque de queda y salió en busca de Romualda, la jodida oveja. Grau sabía más o menos por donde patrullaban los escasos soldados que había. Le sería fácil esquivarlos. Fue corriendo donde siempre la encontraba. No entendía por qué carajo la oveja siempre estaba en el mismo lugar. Y, cómo no, allí estaba, donde siempre, pastando toda tranquila: Ahora un poco de hierba, ahora una seta… Grau se dirigió hacia el jodido bicho refunfuñando entre dientes, pero, antes de que se pudiera acercar para cogerla, una pareja de lobos salieron como flechas de la maleza, destrozando de un mordisco la garganta de Romualda, que ni tiempo tuvo de balar. Grau cayó de culo por el susto. Los lobos le miraron, con las fauces ensangrentadas, enormes, centelleantes ojos rojizos y cara de muy pocos amigos. Este era uno de los problemas de la guerra. Los lobos habían podido probar la carne humana y, lo peor de todo, parecía haberles gustado. Grau no se lo pensó dos veces: Corrió como alma que lleva el diablo, rogando a sus piernas que no le fallasen. Al cabo de lo que le pareció una eternidad (pero que seguro que era menos que una meada de borracho) paró e intento escuchar si le seguían los lobos. Su respiración y el latido de su corazón ahogaban cualquier ruido que pudiese escuchar… Entonces, sin saber cómo, se encontró entre los brazos de dos soldados árabes del pueblo. Le empezaron a gritar en su indescriptible lengua mientras él les gritaba y señalaba el camino, chillando “¡Lobos! ¡¡Lobos!!”. Un fuerte golpe es lo último que recuerda. Despertó en medio de la plaza, con sangre en su mejilla derecha. Él y otros tres estaban de rodillas, seguramente eran otros que se habían saltado el toque de queda… Pero después de lo de los lobos quizá no fuera tan mala idea lo del toque de queda y la protección de los sarracenos… |