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Tras la batalla |
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Sobre las ásperas colinas avanza lentamente un hombre solo, renqueante. Lleva las ropas humildes de un campesino llenas de polvo y rasgadas, y un sucio vendaje pegado a la frente por una costra de sangre reciente. Gonçal se siente cansado y sediento, le duele el tobillo, la cabeza le esta matando, y no le importaría que las malditas cigarras dejaran de joder. Pero esta feo quejarse por un rasguño. Sobretodo si lo ha dejado el mismo golpe que ha matado a otro hombre. Pobre tío Anselmo, ni siquiera lo viste venir. Y sin embargo, ¡Cómo te agarraste a aquel moro! Ahí medio muerto, sangrándole como un cerdo encima, te agarraste a él con tus manazas de segador y ahí habéis quedado los dos para siempre, abrazados. Y aquí he quedado yo, vivo, con una bonita hacha nueva y sin familia. Esta última colina desciende suavemente sobre un ancho valle que habla de agua. A lo lejos, hacia el este, una columna de humo se alza entre los árboles y allá abajo junto a los chopos arden los restos de alguna pobre aldea. Un grupo de individuos de aspecto peligroso van cargando en una carreta todo lo que han podido encontrar. Y a juzgar por el contenido de la carreta, han encontrado a alguien desprevenido. ¿Así que ya han llegado también aquí? Deben ser veteranos. Esos ya corrían cuando el cuerpo del último moro aun no había tocado el suelo. Pero se equivocan, todos ellos se equivocan. Déjales que carguen tanto como quieran su triste carreta, que saqueen a placer, jamás se harán ricos así. Cuando se hayan comido el grano y bebido la cerveza, cuando los animales hayan sido sacrificados y los esclavos vendidos, todo lo que les quedará es una carreta vacía. No, sólo la tierra hace rico a un hombre... Gonçal coge un puñado de la que hay a sus pies. La desmenuza entre el índice y el pulgar, la huele, pensativo, la prueba... Esta húmeda, viva. Sabe a esas mañanas de noviembre en que la niebla se hace jirones pegada en los campos, y uno labra, solo y en silencio, sintiendo en el zurrón el calor del pan recién hecho. Es buena tierra. Una tierra con la que un hombre se puede casar. Abajo, en el valle, la carreta se pone pesadamente en marcha, llevándose tras de sí su ruidosa compañía de necios borrachos de vino y sangre. Bien. Cuanto antes se marchen de su nueva propiedad, antes se podrá poner a trabajar. Queda mucho por hacer si quiere sobrevivir al invierno. |
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- Es buena tierra. Mi tierra.- Pensó en voz alta Gonçal mientras observaba con ternura los campos recien labrados que ahora le pertenecían. Había pasado por mucho, arriesgado mucho para poseerla, y sin duda Dios le había ayudado. Se secó el sudor de la frente mientras comenzaba a recoger el hatillo donde traía el pellejo con el vino, el mendrugo de pan seco y los restos del queso rancio que habían constituido su comida. Anochecía. Se echó al hombro la azada, el pico y la pala que había encontrado en un pequeño cobertizo situado en uno de sus recién obtenidos campos. Ahora esto le pertenecía a él. Un sonido le sorprendió mientras estaba ensimismado en recoger sus cosas. No lejos en el camino, el relinchar de un caballo dio paso a un animal famélico y algo cojo que tiraba de un carro destartalado, chirriante bajo su carga de cuerpos apilados. Algunos de los cuerpos aún se movían y gemían. Algunos tenían miembros cercenados, heridas lacerantes que cubrían con mugrientos harapos. Muchos estaban ya más con El Señor que en el mundo de los vivos. Eran soldados cristianos, heridos en una de tantas escaramuzas, y los trasladaban a Calaf, donde estaba la antesala de la muerte que algunos llamaban hospital. Frunciendo el gesto, echó a andar hacia lo que le hacía las veces de casa, un conjunto de maderos que cuando los encontró aún humeaban. Con sogas y tablas salvados de entre los escombros había logrado componer una estructura que le abrigaba, bien que mal, del frío y del viento. Tiempo habría de mejorar la casa cuando hubiera acabado la siembra...
Al pasar al lado del caballo, el mozo que tiraba del mismo le hizo un ademán
triste con la cabeza. Gonçal miró el carro para ver si conocía a alguien. Un tipo con la cara totalmente desfigurada parecía que era de su pueblo, pero apenas se le reconocía. El mozo renaudó la marcha y Gonçal continuó caminando hacia la choza. Al llegar vio a Llorenç, sudoroso y resoplante, corriendo desmañadamente hacia él. Tenía cara de preocupación.
- ¡¡Gonçal!! ¡¡Gonçal!! ¡¡Tienes que ver esto!! ¡Haz algo!! - Dijo, señalando a
lo que hace unas semanas era el otro extremo del pueblo.
- ¡Gonçal Échalos! ¡Ya no son sus tierras, son las nuestras!- Jadeó indignado Llorenç. - أنتقتلتإبني. ليس أنّبمافيهالكفاية عقوبة? Gonçal hizo ademán de no entender. Era patente que estos árabes no querían defender el territorio. Tan sólo buscaban un lugar donde vivir. Se fijó en la mujer, ojerosa, probablemente enferma, que ocultaba el rostro de las niñas entre sus faldas. Al menor de los varones solo la curiosidad le impedía unirse a sus hermanas.
Negando con la cabeza, Gonçal metió la mano en el zurrón, extrajo lo que le
quedaba de pan y se lo ofreció al chaval, que no dudó en lanzarse a por el
mendrugo y comenzar a roerlo. |
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Los recién llegados no se fueron esa noche, ni la noche siguiente. De hecho, pasaron noches y noches y seguían allí. Y vinieron otros. Familias cristianas buscando un lugar donde instalarse y familias moras supervivientes de la guerra, tratando de recuperar algo de lo que no hace tanto fueran sus casas y sus campos. La convivencia resultaba, cuanto menos, curiosa. Los modos de vida eran totalmente diferentes, y apenas nadie entendía una palabra de los demás. Al principio hubo algunas riñas, fricciones por quien se quedaba este o aquel montón de ruinas. No todos los cristianos veían con buenos ojos a los moros, y probablemente el sentimiento fuera mutuo. Pero el valle era sobradamente amplio para todos y aquellas gentes cansadas habían vivido ya más que suficiente desgracia. Uno tras otro, todos acabaron optando por seguir el ejemplo de Gonçal, hacer su vida y dejar hacer al prójimo. Tras la siembra dedicaron sus esfuerzos a reconstruir las casas derruidas por los saqueadores. Levantaron paredes de adobe y cubrieron los techos con ramas y juncos. Talaron árboles robustos para conseguir leña, postigos y puertas que permitieran soportar las noches más frías. Afortunadamente, uno de los musulmanes recién llegados resultó ser buen constructor. Mediante señas se hacía entender, guiando y aconsejando sobre cómo construir los hogares de cada uno: Aquí se podía aprovechar una pared maestra que no se había venido abajo, allí había unos buenos cimientos donde apuntalar las vigas. El resultado fue una aldea de chozas simples, apenas una estancia donde cobijarse junto con los pocos animales que tuviera cada cual, pero sembrada de diminutos lujos. Un sótano, un portal, un hogar. Este y otros pequeños gestos iban limando asperezas de convivencia. El pueblo cristiano empezaba dejar de ver a los árabes como enemigos y a aceptarlos como parte del propio pueblo. Poco a poco se iban entendiendo, aprendiendo las palabras necesarias para comunicarse: "Empujad!", "Aguanta ahí!", "Cuidado!" no tardaron en ser seguidas por "Pásame el agua", "Buenos días, vecino" y "Dile a tu niño que deje de joder o se va a llevar una hostia". No había semana que no llegaran habitantes nuevos al pueblo. Solos o en grupo, todos seguían los mismos pasos: gente cansada que se quedaba observando silenciosa a los lugareños trabajar, recorría lo que antaño fuese la plaza, observaba los escombros chamuscados de las casas, pateando aquí y allá... y finalmente dejaba su petate en una ruina de su agrado y marchaban a seleccionar unas tierras que cultivar. Aún así, el pueblo distaba mucho de estar concurrido. Apenas eran una docena de familias las que lo habitaban ahora. La guerra había pasado de largo y apenas se sabía nada del frente. De algún modo todos los habitantes compartían un mismo deseo: Dejar atrás el pasado y comenzar una nueva vida. Los primeros meses fueron los más duros. Pero, forzados por la necesidad, fueron saliendo adelante: Levantándose antes del amanecer y trabajando hasta mucho después de que se hubiera puesto el sol, durmiendo al raso mientras duró el verano y compartiendo techo cuando llegaron las lluvias. No faltó quien dijo, estando allí arrebujados alrededor de una precaria hoguera, que sin duda Dios les había bendecido, trayendo abundantes lluvias para poder hacer crecer la simiente de los campos. Tampoco faltó quien acarició la idea de estrangularle allí mismo. Y así crearon lazos, y así se sintieron un pueblo. |
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Aquel mediodía Gonçal volvía al pueblo, con la azada al hombro. La espalda le dolía horrores, pero los campos estaban preciosos con la estupenda cosecha que crecía fuerte y sana. Era un buen día. Llorenç volvería de Calaf, con pan fresco, tal vez algo de vino si el mercado había ido bien. Contaban que el chaval de los Chraïbi había acertado a un conejo con la honda esa mañana. Hoy podrían comer todos en la plaza. Llegando a su casa, oyó caballos a buen paso acercándose a la aldea. Algunos vecinos se habían agrupado ya en la plaza, curiosos por comprobar quienes eran los visitantes, y, en algunos casos, dispuestos a lanzarse hacia el bosque más cercano al mínimo indicio de peligro. El primer jinete era un tipo alto que vestía ropas de aspecto señorial, seguido por un muchacho joven a lomos de un borrico. Se les notaba en las manos que estos dos poco habían trabajado la tierra o las armas. Ante esto, los aldeanos se relajaron visiblemente. Por todas partes empezaron a asomar las narices de mujeres y críos.
Adentrándose prudentemente en la plaza, los recién llegados se aproximaron hacia el grupo donde Gonçal estaba. Desde el caballo, sin descabalgar
y tras dar un sonoro suspiro, el mayor dijo: Gonçal fue el primero en decir su nombre, y le siguieron otros: Narcís, Hans, Ismael... y también los moros: Bilal y Essam, Bouhema tras mucho protestar que no había hecho nada malo, Kharidat, cuando le hubieron asegurado que no tenía que pagar... A medida que iban diciendo sus nombres el muchacho los iba apuntando en un hueco entre los garabatos del pergamino. Cuando hubo acabado, sacó algo de arena que esparció cuidadosamente sobre la tinta y, tras agitar el documento un par de veces, se lo alargó respetuosamente a su maestro. Entonces, tras aclararse pomposamente la garganta, el forastero comenzó a recitar de corrido un galimatías que no entendió prácticamente nadie. Los aldeanos, perplejos, se miraban los unos a los otros sin saber muy bien qué hacer. Parecía ser que había un noble que les daba este pueblo a ellos... como si no fuese suyo ya! Pero nadie quería tener que explicarle eso a los soldados que, no tan lejos en su colina, les observaban tiesos como estatuas. Seguían un montón de órdenes sobre qué pagar, cómo pagar y cuando pagar, qué hacer y qué no hacer... Mientras el maestro recitaba todo esto, el aprendiz se afanaba en rellenar de memoria otro documento idéntico al anterior. Cuando uno y otro hubieron acabado, el chico volvió a montar, entregándole antes el pergamino a Gonçal, y marcharon del pueblo sin mediar palabra. |
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Año de Nuestro Señor de 1133 Tensando innecesariamente la cuerda del laúd, ganaba unos segundos que hacían aumentar la expectación de la gente. Sólo se oía el crepitar del fuego y la tos de algún vagabundo tísico que en breve estaría bajo tierra. Siguió jugueteando con su laúd a la espera de la señal. -Cagon to! Tocar duna vez joío juglá- grito un rudo campesino. Esa era la señal. Se sorbió la nariz, escupió el esputo al fuego y empezó a tocar su instrumento. Una nueva historia iba a empezar. -Voy a deleitarus con la bella historia de la talla de Sant Jacintu. Sólo el párroco y sus devotos secuaces aplaudieron con ganas, mientras el resto del público resopló por lo bajo. Muchos esperaban ansiosos “La increíble pero verídica historia de Catalina la fulana”, un relato picante de múltiples aventuras, muy deseada por el populacho. Pero lo que gusta al populacho no siempre da dinero y el párroco había pagado por adelantado. “Tiempo atrá, cuandu las tierras de Calaf aun eran salvaje e inhospita, cuando estaban llena de moro y bandido, donde la vida de un hombre dependía solo de su coraje y su acero, donde solo lus mas osaos se atrevían a entrá en sus peligrosa valles, un grupo de exploradores a modo de avanzailla, fue enviao por el excelsissimo Artau para reconocer too el terreno. Capitaneando el grupo de héroe estaba Iu, un joven muxaxo de cabello trigoso, fuerte como una güena espada y má devoto que un santo. Vario, fueron los días que estuvieron de aquí pa ya, toos en territorio musulmán. Escudriñaron toos los caminos, los senderos, las furtificazione y los pueblo de esa terrible zona. Cuandu iban pa casa con el trabaju cumplío, fueron sorprendío pol enemigo. Despué de gran combate, donde muxo infidele cayeron bajo la espada cristiana, solo Iu consiguó sarvarse y huir de los moro. Empezu a corré, pero herío como estaba no podría llegar mu lejo. Entre otra heridas, un tajo cruzaba su anteriormente bello rostro cegándole de un ojo. Con su mano cruzó su rostro a modo de herida. Algunos hombres fruncieron el ceño, otros dejaron oír un suspiro de horror, sólo con eso, supo que los tenía en el bote. Su laúd siguió sonando. Cuandu la fuerza del joven y sus herida le empezaban a jaser flaquesa, avistó una casuxa, a la afuera de un pueblecicu. No se lo pensó muxo, corrió hacia ella, se metió y con unas pocas maderas se fortificó. Resistió heroicamente durante día y medio, cortandu y rasgandu a lus maldito moro que intentaban penetrá en la vieja casa. El constante acosu de lus moro no le dejaba ni respirá. En esa viejuxa casa, que no era otra cosa que un granero de algún molino cercano, Iu demustró que un cristiano nunca se rinde. Lus moro, viendo que nunca lograrían entrar en esa casuxa, diéronle a la cabeza, para desidí que le prenderían fuego. Buscarun madera y las empezarun apilonarla alrededor de la casa. Cuando el joven y desfigurau Iu descubrió su plan, estremecióse ante la prespectiva de morí quemao. Apunto de entregarse a lus moro estaba, cuando trupezó con un caxo de madera que lo iso renegá a too los santos, pero al mira bien lo que era descubrió que ese troso de madera era una pequeña talla de Sant Jacintu, medio escundida en el grano. Iu, joven devoto como debe ser se arrudilló y empesó a resar al santo para que intercediera en su ayuda - guiñó un ojo al párroco, pues la repentina devoción de Iu era un añadido impuesto por éste - Mientras tanto, lus moro ya tenían suficiente madera pa quemar a oxo bruja, pero cuando las torxas se acercarun a las madera, una ráfaga de vientu las apagó tudas a la vez. Repitieron esto varias veses, pero siempre se levantaba el suficiente vientu para apagarlas. Estupíos como son, creyeron que esto no era má que causualidá en lugá de un miraculo, asín que untaron las torxas con un aseite mu fogoso, vaya que prende mu rápido, pa evitá que el vientu pudiese pagarla. Pero entonses una estraña lluvia cayó sólo ensima del vieju granero, mientra a pocus pasus hacía muxo sol. Lus moro empesaron a gritá que era magia negra y que urgía largase cagando lexes de allí, que la casa seguramente estaría embrujaa u cosa peore.. Cuando lus moro empezaban a huir como cubarde que son, solo su líder tuvo la valentía o estupidé de acabá el trabaju. Cogió el restu del aceite fogoso y empesó a rociarlo pur toa la puerta y la ventana de la vieja casuxa. La madera quisá estarían mojaa, pero con el aceite fogoso prendería seguro. Fue entonses cuandu ocurrió el tersé milagru de Sant Jacintu, una fuerte granizá empesó a caer ensima de lus poco moro que aún quedaban, haciéndoles huir más rápido que el mismisimo diablu. Iu, que no había parau de resá al santu, comprendió que labían cuxado y cugiendo la pequeña estatua corrió hasia las tropa de Artau. Allí contó como pudo too lo descubierto, asín como lo milagros del santo. Artau comprendió que eso era un señal de Dios, asín que ordenó levantá su ejército sin esperá la ayuda de lus otro noble. Las tropas de Artau obtuvieron una gran vitoria aplastando a lus moro y expulsándolus de aquellas tierras. Artau, que no se olvidó del santo, mandó haser una réplica más grande de la estatua, que sería entregada a la nueva poblasión que fundaría. Quiso emplasar la ubicasión en el lugar de la casuxa onde Iu resistió, pero por desgrasia nunca se encontró, ya que lus moro en su huida, destruyeron y quemaron toa la region. Sinco años depué, cuandu las tierras anteriormente salvaje e insegura eran cultivaas por bueno cristiano, onde la gente podía caminá segura por sus camino, llegó por fin la talla de Sant Jacintu, traía desde Barcelona para la diresión de la Vila del Molí, pero por aquel entonses dos pueblos disputábanse el hunor de ser ese pueblo, una era Vilafranca del molí – Aplausos y vítores interrumpieron la narración del juglar - mientra la otra era, Vilalta del molí – aquí los silbidos, insultos y gritos de muerte a todos sus miembros acallaron su narración. Era conocida en toda la región el odio profundo entre los dos pueblos, muchas eran las peleas entre sus gentes y muy mal visto las relaciones entre sus habitantes. - Fuertes fueron las disputas entre lus dos pueblo. Lus dos pueblos querían la talla, pue tené la talla traía pelegrino y eso e dinero pal pueblo. Fuertes fueron las peleas a garrotazo limpio hasta que el mismísimo noble Artau, señor de la zona, tuvo que mediar y resolver el tema. Después de muxa deliberación, dijo salomónicamente que la talla sería jugáa cada año entre lus dos pueblos. El pueblo que la meresiese obtendría la talla y sería su propietario durante un año, gosando de la bendición del santu Jacintu, que lo protegería de muxo male, apartaría guerra y hambre, haría llové lo que los campos pidiesen, traería dinero y comerciante y evitaría que nada puediese ardé ni sufrí insendio alguno. Rasgó un par de acordes para señalar el final de la historia. Con un grácil movimiento se sacó el sombrero y lo pasó por el público… Unas pocas monedas era todo lo recaudado. Mientras sonreía pensó: “Mardito pueblerino, incultus y ratas de mierda, ujalá perdáis mañana la talla del santu”. Sin dejar de sonreír volvió a rasgar el laúd: -Que us parese oír la increible pero verídica historia de Catalina la fulana – Los aplausos resonaron en la fresca noche de verano, silenciando los estertores del vagabundo tísico. |
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Año de Nuestro Señor de 1133 Con paso firme y decidido, subió al pulpito, oteó a todos los presentes y tosió. La pequeña iglesia estaba medio vacía, pero era normal ya que las puertas estaban cerradas al pueblo. Solo había los párrocos de las aldeas cercanas que llenaban los escasos bancos de madera de que disponía la iglesia. Miro su mano que temblaba más de lo normal y es que los estragos de la edad no perdonan a nadie, ni tan siquiera a uno de los más fieles seguidores de la doctrina de la iglesia. Había reunido a todos los párrocos de la zona pues esos eran tiempos difíciles y los pastores debían estar atentos a su rebaño. Había recibido correspondencia del Obispo de Barcelona en persona. Los tambores de guerra, aunque débiles y lejanos, resonaban en cada calle y en cada casa, y ahora más que nunca, los párrocos de la zona debían unirse para saber mantener la calma de la gente y unirlos en caso de conflicto. Pero no era tanto la guerra lo que preocupaba al obispado, como el aumento alarmante de pecadores y la repercusión que podría tener esto en la población. No hacía falta haber recibido una carta del obispado para saberlo. En Calaf cada día se veían más mujeres de dudosa reputación, más tugurios donde dispensaban vicios de todo tipo. La violencia y los robos eran el pan de cada día, hasta el extremo de tener que cerrar con llave el cepillo de la colecta. La gente andaba perdida y sus pastores no hacían nada para reconducirlos. Por suerte, la carta del obispado otorgaba al viejo Nicolás, párroco de Calaf, una excusa para reunir a todos sus hermanos. Se irguió todo lo que su joroba le permitía, mirando a los ojos a sus interlocutores. No era mucho, pero lo suficiente para seguir manteniendo el respeto y el temor de sus iguales. Luego, acerco la vela al texto que había recibido y que había modificado a su gusto. Volvió a toser y empezó a hablar. Una voz fuerte y penetrante salió del pequeño y malhecho cuerpo del párroco: "Hermanos, os reuno aquí para que comuniquéis a vuestro rebaño que el malvado nunca descansa, que siempre intenta hacernos caer en sus pérfidas y oscuras garras de un modo u otro. Todos vosotros sabéis, que solo gracias a las doctrinas de la Santa Iglesia, aconsejada y guiada por Nuestro Señor Jesucristo y todos los Santos, se puede hacer frente al malvado y sus hordas, que constantemente intentan crear todo tipo de argucias, para hacernos caer, a nosotros pobres mortales, en las pútridas y lacerantes llamas del infierno." Cada palabra era acompañada por una serie de movimientos bruscos y secos que no reflejaban su edad avanzada, castigada por múltiples enfermedades. "Por eso hermanos, para evitar que el demonio se aproveche de vosotros y los vuestros, yo os advierto y animo a rehusar nuevamente las tentaciones del señor oscuro. Debéis recordarles que muchos son los tentáculos del maléfico y muchas sus estrategias para hacernos caer en el abismo eterno. Recordarles que sólo con la contrición del cuerpo y del alma, lograran entrar en la casa de Nuestro Señor. Muchos no entienden o no comprenden los extraños designios del señor. Opinan que el camino es tortuoso y oscuro, pero la luz, hermanos míos, esa luz brillante y purificadora, la encontrarán al final del camino si han llevado una vida pura. Para ello hermanos, una sola acción os pido, rectitud. Debéis ser un ejemplo para vuestro rebaño, debéis ser un faro en una noche oscura, debeis ser el bastón en el que deben apollarse en los momentos de debilidad y tentación. Pues en vosotros deben ver el ejemplo a seguir, deben ver unos valores rectos y una moralidad firme ante la adversidad. Todos sabemos que la vida no es facil, pero que la recompensa es grande y que rendirse a las luces del angel caído, solo lleva tu alma a la perdición. Recordar que las tentaciones vienen de los lugares menos insospechados y en los momentos más inverosímiles, que estan allí esperando un momento de debilidad del cuerpo o de la mente, pero es entonces cuando la entereza y la rectitud deben alumbrar nuestro espíritu. El párrafo siguiente iba destinado a una serie de párrocos conocidos más por sus vicios que por sus sermones al pueblo. Denunciarles solo podria haber provocado un cisma en las parroquias de la zona, así que prefería escarmentarlos públicamente entre sus hermanos de manera sutil y elegante. Si la falsa luz viene en forma de una joven pastorcilla con sus trencitas doradas o del trasero hermoso de una ovejita que bala tranquilamente por el monte, debéis mantener la cabeza y el cuerpo fríos. Si se acerca en forma de una bolsa repleta de dinero por bulas o perdones, así como de bolsa extraviadas en el camino o en la iglesia, debeis debéis manteneros firmes y rectos y rechazarlo. Si acaso se trata de abusar de los placeres de la comida, mientras otros no tienen nada que llevarse a la boca o de tomar el esputo del diablo en forma de raíz, para deleitarse de unos falsos placeres que ensucian el alma y el cuerpo, debéis ser inflexibles para no mancillar vuestro cuerpo... La verguenza flotaba en el ambiente, miraditas, alguna que otra tos nerviosa, susurros entre parrocos señalando a un tercero, indicó a Nicolás que había dado en el clavo. Todos conocían los rumores de todos, así que decidió no seguir con los ejemplos y acabar con la soflama. Con ese escarmiento minimamente público aseguraba que todos trabajarian por el bien de la Santa Madre Iglesia o serían denunciados. Hermanos, recordemos a nuestro rebaño, que el diablo no descansa, pero con la ayuda de la Santa Madre Iglesia conseguirán purificar su cuerpo y su alma para que sea acogida por el Señor. Unidos debemos trabajar para que los males y las tentaciones se alejen de estas tierras. Apagó de un soplido la vela que le alumbraba el texto y, con mucho esfuerzo, bajó del púlpito. |
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Tiempo hace que unas piedras enormes están diseminadas por los campos entre Villabajo y Villarriba. Nadie sabe quién los puso allí. Unos dicen que fueron los árabes, para contar estrellas, constelaciones o el movimiento del sol, otros dicen que lo hicieron los godos y una minoría dice que les contaron que lo hicieron los romanos. La historia mas conocida es la que cuentan algunos ancianos y don Remigio acepta (explica). Dicen que el mismísimo diablo quiso salir del infierno y que para ello pensó en hacer un agujero para poder salir de noche mientras todo el mundo durmiese. Pero un pastor descubrió el agujero y alertó a los buenos habitantes de la zona. Estos planearon hacer una piedra enorme para taponar la salida e impedir que el diablo saliese. Cuando el diablo acabó el agujero descubrió que había una roca que le impedía salir, así que decidió hacer otro agujero un poco más alejado para ver si ya no había rocas. Pero los habitantes, alertados, colocaban cada mañana una roca enorme encima del agujero que estaba construyendo el diablo, con lo que al cabo de unos cuantos agujeros, el diablo cansado de escarbar, decidió abandonar su plan y regresó a su putrefacta guarida. Así los astutos habitantes lograron engañar al diablo y llamaron a esas piedras “las piedras del diablo.” Lo que es seguro, es que actualmente estas piedras del diablo, o mojones, delimitan toda la zona entre Villarriba y Villabajo, separando los terrenos de cada una de las poblaciones, así como las propiedades entre vecinos. Mover o dañar cualquiera de estas piedras está fuertemente castigado por orden explicita del excelentísimo Señor Artau. |
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Cuentan las habladurías de la zona que un joven pastor del pueblo de Villavieja, se enamoró de la hija de un mercader árabe. Este joven muchachuelo, no podía dejar de mirar a la joven hija del mercader. Se enamoró desde el primer momento como sólo los jóvenes saben hacerlo. Deseaba con todas sus fuerzas hablar con ella, iba una y otra vez a la tienda de los mercaderes, y se gastó todos sus ahorros comprándose objetos que ni siquiera necesitaba, por el solo hecho de acercarse a la doncella. Pero cada vez que quería hablar con ella, se le hacía un nudo en el estómago y no atinaba más que a asentir con la cabeza, comprando lo primero que le ofrecían. La muchacha se percató al instante de que el joven y guapo pastor la seguía allí donde fuera. Podía llover, nevar o hacer un calor horroroso, el joven pastor siempre iba detrás del mercader y su hija. La insistencia del mozo fue por fin recompensada y la muchacha, curiosa por su admirador, concertó una cita con él. Desde la primera palabra que se dijeron quedó prendada de él, contagiada de su amor, tal era la pasión con que la describía. Desde aquel día, se veían tan a menudo como les era posible, siempre a escondidas del padre, que empezaba a sospechar del joven pastor. Los días se transformaron en semanas y empezaron a hablar de huir a algún lugar lejano, donde no importase su religión, donde pudiesen empezar una vida juntos. La noche siguiente, la joven concertó una cita con el pastor, en un pequeño claro del bosque junto al acantilado, donde quedaban asíduamente. Tenía algo urgente que decirle. Cuando llegó ella el pastor ya la estaba esperando, y se unieron en un fuerte beso. Pero, antes de que pudieran decir palabra, apareció el padre de ella, rojo de ira, vociferando que el joven pastor le había robado doblemente, su hija y su dinero. Como un loco, se abalanzó sobre el joven. Empezó una furiosa pelea, entre los gritos angustiados de la muchacha que presenció, horrorizada, como su amante caía por el acantilado empujado por su padre. Entre sollozos, confesó entonces que ella había tomado el dinero, para poder fugarse con el pastor. Y así, arrojando la plata a los pies de su padre, se tiró por el acantilado en pos de su amado. El despechado mercader imprecó al mundo por la injusticia que se acababa de cometer y, cabizbajo, regresó a su tienda para partir hacia sus tierras y no volver jamás. Se comenta que enterró junto al acantilado el dinero que había cogido su hija y que aún nadie ha encontrado. Algunos dicen que esta maldito. |
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¿No sabes la historia de los Portbou? Ven aqui hombre que te la cuento si me invitas a una cerveza. La familia Portbou, es una familia procedente del norte de Perpiñan. Son una saga de comerciantes de rebaños que atraídos por las facilidades de tierras que se otorgaban durante la reconquista, se aposentaron en las tierras centrales de la marca hispánica. Allí establecieron su negocio e hicieron fortuna rápidamente. Si se trabaja la tierra ésta da sus frutos, siempre y cuando sepas en qué y como trabajarla o eso dicen, pero a mí nada mas que cuatro cebollas y un pepino. Sorbo... Así que de simples ganaderos en el norte de Perpiñan pasaron a comerciantes de cierto prestigio en el centro del territorio de la Marca Hispánica en una sola generación. Parte de la familia Portbou, sobretodo los hijos pequeños que no disponían de herencia en cuanto a tierras ni ganado, se vio obligada a buscarse la vida.Vaya lo típico, los malditos herederos se lo quedan todo y tu a buscarte la vida... maldito Pere. Bueno sigamos. Sorbo... Siguiendo los pasos de sus padres y abuelos, los hijos menores se embarcaron con mayor y menor fortuna en la nueva reconquista para conseguir fortuna de las miserias de los demás. Aquí sobresalió el cuarto de los cinco hermanos, Pol Portbou, un joven valiente y atrevido, así me lo contaron, que con sus ahorros y algún que otro préstamo se armó con lo que buenamente pudo y se alistó al ejercito de Artau. En el ejercito demostró, no solo valentía ante los enemigos, sino también liderazgo y astucia. Poco a poco, su nombre fue ganado protagonismo hasta que llegó a los propios oídos del noble. Poca cosa no debió hacer y aunque sus hazañas no eran épicas, si eran dignas de ser comentadas. Mira por ejemplo, me explicó uno que estuvo allí que él solo, según lo que cuentan, atacó con 10 hombres un pequeño torreón de los árabes, conquistándolo para luego hacerse fuerte durante cinco días, hasta que el ejército cristiano acudió en su rescate. Me dijeron que los valientes de aquel ataque, reconocieron que si no hubiese sido por Pol, el torreón hubiese caído a las pocas horas. Dios, que jodido debe ser aquello. Sorbo largo Para Pol, la guerra fue labrarse un nombre. Esta le llevó de un hijo de comerciante a alcalde de una de las nuevas poblaciones (Vilalta del molí) junto con tierras y ganado. Actualmente, como ya sabes, regenta con mano de hierro su pueblo, con la ayuda de sus hijos. Tal es su influencia que consiguió que Paula, esa señora tan guapa que antes he saludado, la admitiesen aquí en Vilabaixa, donde forma parte activa del concejo. Pero ya se sabe que muchas de estas cosas son sólo rumores y que ni la mitad de ellas son ciertas. Sorbo... Pero la jodida esta buena para su edad, eh? Calla calla, que ahora viene lo mejor. Lo que si es cierto es que Paula, es como un ángel caído del cielo. Todo el pueblo la quiere y la respeta por como es y encima esa sonrisa y ese par de... Muchas veces se ha enfrentado directamente a su tío, Pol el heroe de aqui arriba, el alcalde... te aclaras o que? A veces Paula hasta se ha encarado en la plaza principal del pueblo para defender nuestros intereses. Para mi ella es una verdadera heroina. Aunque (voz mas baja) no son pocos los rumores que hablan que Pol y Paula son amantes y que alguno de los hijos de Pol, es también de Paula y no de la difunta mujer. Lo que si es cierto es que se parecen, sobretodo el pequeño... pero claro es su tía... Bueno en resumidas cuentas, el apellido Portbou es aqui, en la zona de Calaf, querido por muchos de sus conciudadanos y respetado por todos. A mi me cae gordo, sobretodo sus hijos y mas ese ahijado de Pasqual, pero lo que no se puede negar es que los Portbou son un símbolo de que un hombre puede labrarse un futuro en estas tierras duras y salvajes. Tabernero, ponme otra a poder ser fria, no como este meado que me has dado ahora. |
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Oye Josefa, ven que te cuento la última noticia de Villabajo. ¿Sabes que le pasó el otro día, a Benicio el tuerto de la casa de los Trencarocs? Mira, el otro día, después de haber cobrado su salario semanal, vinieron él y otros de sus compañeros jornaleros a la taberna de Villabajo. Ya sabes que la cerveza es más barata. Pues nada, aquí como cada semana se gastan buena parte de sus pites en bebida y comida, para luego más tarde ir en busca de la fulana. Cuando ya iban un poco tocados, decidieron ir a jugar al cronck y gastarse algo en apuestas. Si mujer, que anticuada eres, el jueguecito ese de un palo con bidones y tal. Bueno sigo. Lo que empezó entre risas, degeneró al cabo de poco tiempo en una pelea entre Benicio y Jaume el Sindientes. Imagínate Josefa, borrachos, con dinero y haciendo apuestas, algún que otro golpe mal dado, burlas y risas de los compañeros. Una pelea Josefa, de las que hacen historia. Se ve que entre puñetazos, patadas, mordeduras y cosas por el estilo, Benicio saco de la faja su cuchillo. Luego dijo que era para terminar con la pelea, que ante el brillo del metal la gente se clama, pero yo no me lo creo… Bueno donde iba. El cuchillo acabo clavado en la panza del pobre Jaume que murió cual becerro en la matanza. Dicen que sus gritos ponían la piel de gallina, pero por suerte no duraron mucho, o eso me dijo Filomena. La guardia detuvo a Benicio, que fue inculpado por sus compañeros como la persona que apuñalo a Jaume. Benicio arrepentido pidió misericordia, pero el ayudante del Administrador, el Torcuato ese, que estaba también en el bar, le declaró culpable de asesinato y le condenó a muerte, así como que la familia de Benicio debía pagar 50 sous a la de Jaume. A la salida del sol, Benicio el tuerto fue colgado allí mismo. Y todo por una mala borrachera. |
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-¿Sabes Josefa, que Miquelet el cabezón y sus amigotes de Villabajo vinieron el otro día a pelearse con unos muchachos del pueblo? Me han contado que fue por Genoveva, esa joven morena con la cara un poco marcada por la viruela. Pues se ve, que Miquelet está enamorado de ella y que alguien la vió tonteando con uno de Villarriba, así que no es de extrañar que los jóvenes fuesen a pegarse, ya que si están unos cortejándose, otros no deberían meterse de por medio.- -Pues qué quieres que te diga Margarita, a mí me han contado otra cosa. Me dijeron que la pelea se debe a una deuda entre los jóvenes o a una apuesta que se hicieron, ya sabes como los juegos de la charca esa. Que la cosa se puso fea y acabó en pelea, por no sé qué de que eran unos gallinas u otra cosa parecida. Aunque también me han dicho que a veces organizan un juego horrible de golpearse con bastones hasta que los otros se rinden.- -¡Qué vas a saber tu Josefa! Nada, nada, no tienes ni idea, piensa que a mí me lo ha dicho Rosalía, la hija de la prima del frutero ese que viene a veces. Aunque también me ha llegado que la pelea fue cosa de los de Villabajo encabezados por Miquelet el cabezón, que se aburrían de pegar a las gallinas y a los perros y vinieron aquí a buscar camorra.- -Lo único seguro hija mía, es que hubo pelea entre ambos pueblos. Que acabó con chichones, moratones y algún que otro diente roto, pero que al final cuando vino la guardia y puso fin a la trifulca, nadie denunció a nadie. Y como ya sabes, si nadie denuncia nada a la guardia, esta no puede meterse, con lo que no hubo detenidos, ni multas, ni nada de nada. Como si no hubiese pasado nada.- |
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Hace un par de años ocurrió un hecho singular en Villabajo. Una chica fue al bosque una noche. Era una forastera llegada de Barcelona o no se sabe de donde. Lo que se comenta no es como fue, es como volvió. Volvió con las ropas hechas jirones, con una fea herida de mordisco y diciendo que algo enorme la había salvado de los lobos. Allí empezaron los rumores sobre la Bestia. Algunos dicen que existe, otros que no. Algún pastor y algún cazador de Villabajo a veces han comentado encontrar huellas de una bestia demasiado grande para ser de este mundo. Algunos otros dicen que se trata simplemente de un enorme oso, como el que devoró a Gonçal. Sin embargo, lo más sorprendente es que también otros han visto un ciervo de cuernos retorcidos que podía sostenerse erguido. Lo más probable es que todo sean elucubraciones de pastor borracho y de cazador demasiado acostumbrado a arrimar la nariz a las amapolas. Ya se sabe, en estas tierras tan duras y aburridas hasta el más tonto ve fantasmas… En cualquier caso, esa chica se fue del pueblo al poco y todo quedó ahí. O no? |